ANGELUS. ANTES DEL TIEMPO


Fotografía - Ricardo Terriles


Por Abril Siri


Suenan los primeros acordes. Detrás de una ventana, una mujer con vestido blanco mueve sus manos intentando traspasar los barrotes.


La mujer frente al espejo empieza a contar su historia con movimientos lentos y precisos al compás de la música. Distintos momentos de su vida circulan por su cuerpo, reflejados y multiplicados por el espejo: su infancia y su libertad; su temor y su escondite; su coraje y su dolor. Cada movimiento, suave, enérgico, débil, envuelve una parte de su historia y desanda sus pasos.


El espejo funciona de nexo entre la bailarina y el público presente. Los movimientos y las miradas se entrecruzan, hablan y se multiplican. El público observa, con una mirada que lo implica y, a su vez, le permite observarse a sí mismo. A medida que avanza en el salón, la bailarina, Ana González Vañek, construye un espacio donde las distintas miradas se expresan, se comunican.


Una lucha interna se libra en ese cuerpo. Intenta salir pero está sujetada. Dice y calla. Quiere avanzar pero necesita retroceder. Algo aparece y no quiere verlo, sus manos cubren su cara pero sigue avanzando, sigue bailando. Un círculo la encierra pero la belleza de los movimientos permanece.

“Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer los fragmentos. Pero desde el paraíso sopla un viento huracanado que se arremolina en sus alas, tan fuerte que el ángel no puede plegarlas” Walter Benjamin - Angelus

Nos permite comenzar a entender qué es lo que ha visto.


Sin remedio, la memoria vive en su cuerpo, en sus movimientos y en sus cartas desparramadas en el suelo: “La esperanza está, primordialmente, en los que no hallan consuelo” (Theodor Adorno).


Pero esta mujer está viva. Y elige contarlo.


Su memoria es la que vive y su cuerpo nos devuelve la mirada. No es silencioso. Porque nos es visible. Su cuerpo habla y se comunica a través de la danza, y de ahí que nada puede ya resultarnos indiferente. Somos parte de ella, porque nos involucra e interpela: nos permite ser testigos de su historia, de lo que ocurrió y cómo ocurrió.


En el final, la emoción no dice ´yo´. Uno se encuentra fuera de sí. Porque la emoción no es del orden del “yo” sino del acontecimiento. (Deleuze, 1981 : 172)


Las cartas caen y el final se hace inminente. Aplausos que se desvanecen.

Esta obra se llevó a cabo en Buenos Aires y en Paris, dentro del ciclo Arts Scéniques en Communication, con auspicios de: Instituto Francés - Embajada de Argentina en Francia - Revista DanzaNet - Centro Ana Frank Argentina

Dirección y Producción: Ana González Vañek

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